Ciudadanos del infinito

Epifanía del Señor

Epifanía del Señor

“Entonces unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. San Mateo, cap. 2.

Ciudadanos del infinito llama un poeta brasileño a los cristianos. Por una parte no tienen una morada estable aquí en la tierra. Por otra, están llamados a convivir como Iglesia con todos los hombres, sus hermanos. Al pueblo escogido que no capta aún el sentido universal de la salvación, Isaías le anuncia que todas las naciones caminarán a la luz del Señor y que sus hijos vendrán desde pueblos remotos.

Y el Señor, quien más que teorías nos presenta acontecimientos, apenas nacido en Belén, llama ante su cuna a unos magos de Oriente, paganos, hombres ricos y sabios, que adivinan el nacimiento del Salvador en el resplandor de una estrella.

Más tarde, San Pablo les echará en cara a los judíos que, habiendo sido ellos los primeros destinatarios de la salvación, se hicieron indignos de ella por su soberbia y su estrechez de miras. La redención sería patrimonio de todos los hombres.

Existen hoy dos clases de cristianos: Aquellos que, como los judíos, se creen los únicos dueños de la herencia de Dios. Y los que viven su compromiso, compartiendo el Evangelio con todas sus gentes.

Después del Concilio Vaticano II, la tarea misionera de la Iglesia se entiende de manera distinta.

Antes existía una diferencia absoluta entre quienes marchan a los lugares de misión y los demás cristianos.

Estos últimos permanecían tranquilos dentro de sus fronteras.

Hoy comprendemos que anunciar el Evangelio es tarea de todos y que sólo aprueba la asignatura del cristianismo quien, desde sus circunstancias, se compromete con la obra misionera.

Antes surgieron en Roma superestructuras que animaban apostólicamente a toda la Iglesia. Enviaban mensajeros, colectaban ayudas, organizaban la tarea de la evangelización.

Hoy, aunque perduran dichos organismos: Congregación para la Evangelización de los pueblos, Obras Pontificias Misionales, etc., la fuente viva del espíritu misionero brota del corazón de cada Iglesia particular.

Allí el obispo, como padre de la comunidad y cada uno de los ministros y de los cristianos, proyecta su fe hacia otras latitudes, donde todavía no ha amanecido el Evangelio.

La visita de los Magos es una lección para que también nosotros, después de adorar al Niño, los acompañemos en su viaje de regreso hacia tierras paganas.

Cada cristiano es, por su convicción misionera, ciudadano del infinito.

Calixto

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