Gerardo Valencia Cano: Un profeta de América Latina

AUTORRETRATO

SE IDENTIFICA. (Buenaventura, 6 de julio, 1964)

“Peso 60 kilos, mido 1.67, tengo 47 años; no tengo títulos, aunque me llaman Doctor; manejo automóvil pero no soy mecánico; escribo mal en máquina; a mano hay veces que no puedo; soy aficionado al canto, pero no sé música; soy mal orador, aunque a veces me suena la flauta; soy ultra tímido, a pesar de ser muy Quijote; he querido ser santo de milagros no obstante conocer mis bajas inclinaciones; soy por naturaleza precipitado a pesar de mis continuos chascos y buenos propósitos; quiero hacer algo antes de morir y espero hacer más después de muerto… ¿No será esto suficiente para que se formen algún juicio sobre mí?”

En este autorretrato, que es más caricaturesco que real, dice la verdad, pero acomodada a su profunda humildad. No hace manifiesta ninguna de sus virtudes y dotes que poseyó este Obispo del que estamos conmemorando el centenario de su nacimiento.

Empieza resaltando su pequeña estatura. Esa figura pequeña y menuda de su cuerpo lo lleva a sentirse inferior y a quejarse de sus limitaciones físicas e intelectuales.

“Tengo 47 años” –dice- pero ya tenía 10 rigiendo como obispo del nuevo Vicariato Apostólico de Buenaventura, y antes, por casi tres años, se había estrenado como Prefecto Apostólico de Mitú, nombrado para tal cargo el 27 de julio de 1949. Así que fue nombrado obispo a los 37 años de edad, siendo, en su tiempo, uno de los más jóvenes entre los prelados colegas colombianos.

“Dios escribe recto entre líneas torcidas”  Así se ha manifestado a través de la historia del pueblo escogido de Israel. A los 37 años de edad, el padre Gerardo ya era obispo.

Para manifestar su poder, Dios no elige al más capacitado intelectualmente, ni al más poderoso, ni al de mejor prosapia, ni al más santo: Dios elige, y al señalado para una misión, lo va enriqueciendo con las dotes necesarias para que en él y por él se realice su proyecto.

Cuando en el A.T. Dios eligió a Jeremías como profeta del pueblo de Israel, el Profeta dice: Recibí esta palabra del Señor: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles”

Y repuse: “¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho”

El Señor me contestó: “No digas: “Soy un muchacho”, que adonde yo te envíe  irás, y lo que yo te mande lo dirás. No le tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor- .”

El Señor extendió la mano y me tocó la boca; y me dijo:

“Mira: Yo pongo mis palabras en tu boca, hoy t establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para edificar y plantar.” (Jer. 1, 5-10)

Monseñor Valencia fue descubriendo también, paso a paso, con su trabajo pastoral y con su unión con Dios en su oración profunda diaria, que su vocación era ser profeta. Y aceptó esta llamada con todas sus consecuencias dolorosas, y a pesar de sus reconocidas limitaciones.

Entre sus deficiencias, reconoce la falta de una mejor preparación intelectual, a pesar de haber cursado sus estudios superiores en la Universidad Javeriana de Bogotá. Pero su vocación no era la investigación y los libros de teología. Su vocación era ser un soldado raso y en frente de combate, metido entre los más pobres y necesitados. Allí estaba su misión, allí estaba su corazón.

Entendía muy bien su misión y oficio en el cuerpo místico de la Iglesia, como lo explica San Pablo en la Carta Primera a los corintios, Cap. XII. Estaba muy contento con ser el trotamundos de la evangelización; pero se sentía incómodo entre los grandes intelectuales y entre “los doctores de la ley” o, cuando en asambleas, tenían que comunicarse en otra lengua fuera de la materna.

Así se expresaba al terminar las sesiones del Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964

“No tengo ninguna emoción al comenzar este día, grande entre todos los del Concilio. La pueden tener sí, hasta el éxtasis aquellas inteligencias que ven coronados hoy con este triunfo sus estudios, sus trabajos, sus oraciones por el triunfo de una idea.

La pueden tener también aquellos santos obispos y sacerdotes cuya fe les descubre lo oportuno, lo importante, lo decisivo de estos esquemas que hoy ofrecemos al mundo, como fruto del esfuerzo de toda la Iglesia desde aquel 25 de enero de 1959 hasta hoy.

Yo, empero, ni santo ni sabio ni estudioso, me siento como una hoja seca sobre un raudal del Vaupés. ¿Poesía? ¿Realidad?

Señor, Tú me conoces mejor. Yo no quiero escandalizar a nadie: sólo quiero que tu gloria aparezca cuando triunfes en mí o por mí.

He querido ser pobre y veo que me aceptas esta durísima pobreza de mi falta de inteligencia, de memoria, de energía, de fe, de amor. Pero veo que hay muchos que se deleitan en beber mis lágrimas y se gozan riéndose de mis muecas de dolor”.

No tiene títulos –se queja- aunque hizo sus estudios en la U. Javeriana de Bogotá. Su vocación no estaba en sentarse a estudiar, consultar libros y redactar artículos o libros de teología. Su vocación misionera lo impulsaba a ser un obrero raso en el campo de la evangelización, y éste, entre los más pobres y alejados de la civilización. Era el hombre caminante, y con paso acelerado. Por eso afirma que es demasiado precipitado, a pesar de sus frecuentes chascos.

Fue un Quijote, sí. Armado con la fe recibida en su cristiano hogar y revestido con la coraza de sus estudios teológicos y las normas trazadas por los Decretos emanados del Concilio Vaticano II, del cual hizo parte, y llevando en su pecho el celo apostólico heredado del Padre Fundador, Monseñor Miguel Ángel Builes,   salió para su vicariato de Buenaventura con el ánimo de hacer realidad los proyectos y deseos de la gran Asamblea conciliar.

Como un Quijote, empleó todos los métodos habidos en su tiempo para su trabajo pastoral: La Emisora del pueblo para hacer dos programas diarios; uno en la mañana con el nombre de “Buenos Días” y otro en la tarde llamado “Buenas Noches” (fueron cerca de mil doscientos cincuenta programas) escuchados en la ciudad y en todos los rincones de su diócesis.

Como Quijote, recorría a pie, en bus urbano, en canoa o en lo que fuera, visitando cada uno de los hogares, llevando a ellos un consuelo y esperanza, y  muchas veces también, un mendrugo de pan, una ayuda económica, una prenda de vestir o un objeto carente en el hogar.

Como un Quijote fue a varias ciudades: Bogotá, Pereira, Medellín, en busca de señoritas profesionales: profesoras, enfermeras, catequistas, trabajadoras sociales, etc. que quisieran asociarse para un trabajo misionero. Así creó la UFEMI (Unión Femenina de Misioneras).

Como miembro del CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana) fue nombrado Presidente del Departamento de Misiones, cargo que desempeñó por un periodo de dos años. Allá, también como un Quijote, luchó por la emancipación de los pueblos marginados del Continente, especialmente los indígenas y los morenos de la Costa Pacífica. Buscó la unidad de estos grupos y que en la liturgia tuvieran sus propios cantos, bailes, ritos y objetos de su propia cultura y no una liturgia extraña que nada o muy poco manifiesta y alimenta la fe de los mismos.

Manifiesta que ha querido ser santo de milagros, a pesar de conocer sus bajezas. En una de sus meditaciones escritas hace esta confesión de fe:

CONFESIÓN DE SU FE  (Junio 9)

“Señor y Dios mío, yo creo en Ti. Creo también en la Divinidad de Jesucristo distinto de Ti sólo en la calidad de Hijo tuyo. Creo en todo lo que Jesús hizo por mí desde su Encarnación hasta su Eucaristía y hasta su Iglesia mi Madre, de quien yo soy parte, con un cargo de importancia. Creo en la trascendencia de mis actos sacerdotales. Creo, mi Dios, que después de mi muerte yo he de vivir eternamente de acuerdo con mi proceder en esta vida; y en esta fe quiero vivir y morir.

No permitas, mi Dios, que acto alguno de mi vida contradiga mi ideal que es vivir tratando de superarme cada día. No permitas, mi Dios, que en mis esfuerzos de superación pierda el concepto del ascenso, y que me basta vivir un día más. ¿Acaso estas hojas vacías de atrás no significan un mero aumento de kilometraje sin premio de montaña?

“Quiero hacer algo antes de morir” -dice- y sí que hizo mucho en favor de la libertad y unión de los pueblos marginados, en especial de los indígenas de América Latina y de los morenos del Pacífico, desde su cargo como Presidente de la Comisión de Misiones del CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana). Sí que hizo mucho en los encuentros de Melgar, Iquitos, Caracas, Ambato, Celam de Medellín, etc.

“Por este tiempo hay un obispo, o más precisamente un arzobispo, que con cierta sorna, mezcla de compasión y de deprecio, llama a Valencia “el Loco” y cuando está de buen humor, “el  Loquito” Y muchos en general, por sus empresas, por sus discursos, por sus audacias, por sus misioneras seglares, por Buenaventura, por sus andanzas… lo tildan de Quijote. Curas y barberos, bachilleres y obispos, para aliviar ese empedernido Don Quijote de la justicia social van a tener que quemar todos los libros de caballería que a Gerardo le han quitado en seso. Quemen pues el Evangelio, quemen la “Rerum Novarum”, la “Cuadragesimo Anno” la “Mater et Magistra”, la “Pacem in Terris”, quemen la “Populorum Progressio”, el documento final de Melgar, quemen la Conclusionesde la segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín, que todos esos libros son los que a Valencia le han quitado el seso… sí que se lo han quitado.”  (El Obispo de los Pobres. Jaramillo Gerardo, pg. 172)

El obispo Gerardo, con sus defectos de “Precipitado y de Quijote” aceptó la vocación de profeta, con la consecuencia de ser rechazado e ignorado; de ser incomprendido por muchos y admirado por unos pocos, y aislado hasta sentirse solo, como le ocurre a la mayoría de los profetas.

Bernardo J. Calle O.

4 pensamientos sobre “Gerardo Valencia Cano: Un profeta de América Latina

  1. Gladys palacio Arroyo

    Gracias Padre Celestial por regalarnos a los bonaverencesla vida y realizaciones de nuestro Hermano Mayor Gerardo VALENCIA CAÑO

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