Pregón de los Misioneros de Yarumal en la beatificación de Mons. Jaramillo

De Izq. a Derecha: P. Abrahan Builes, Mons. Jesús Emilio Jaramllo y Angelo Acerbi, Nuncio apostólico en Colombia

¡Gloria y alabanza a nuestro Dios!. “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Sal. 125

Nuestro IMEY se reviste de santidad. Es santidad y pecado juntos. Pero es santidad.

Pío XI y el Santo Fundador hoy se hayan encontrado en celebración festiva: El primero dirá: “Hágame santos y el Fundador le presentará a nuestro Profeta y mártir diciéndole: Aquí está. Y hay más. Habrá un coro de Javerianos en danza de gozo celestial.

Es nuestra javerianidad del cielo. El fruto maduro de los sueños del Santo Fundador. Fraternidades de misioneros trashumantes por el  mundo entero. Insertos en culturas plurales. En diálogo con pueblos, razas, religiones, cosmovisiones.

¡La fraternidad del cielo! Tan dulce y apacible. Tan festiva y tan santa. Tan cerca a nuestras angustias existenciales acá en la tierra, tan ufanas de su carisma, tan humildes en sus éxitos, transparentes, coherentes, santos.

Profetas de todos los tiempos como Gerardo Valencia Cano. Amigo de las minorías, valiente ante los poderosos, audaz en sus iniciativas, sencillo y simple como los bonaerenses o las etnias del Vaupés. Hermano universal, planetario.

Muchos de nuestros bienaventurados hoy, construyeron el IMEY desde el anonimato, desde el silencio o en el martirio de cada día. Otros aportaron inteligencia, sabiduría, el don del discernimiento. Muchos vivieron en intensidad y lucha su testimonio.

La pastoral indígena tiene vanguardia y protagonismo en muchos de nuestros bienaventurados. Desde su tumba en el Sarare nos alumbra una antorcha que no se apaga. Es Mons. Luis Eduardo García… y con Él en lejanía, pero no menos en santidad, muchos de los nuestros acompañan en coro la Tunebia como un eco de nostalgia y pesadez en nuestras conciencias.

Vaupés, Guainía y Guaviare están tatuados en  moldes de fuego y pasión en generaciones de javerianos que dejaron sus vidas en cachiveras y volcaron su ‘celo ardiente’ hasta contagiarnos de la aventura que plasmó el Santo Fundador en sus “Cuarenta días en el Vaupés”. Muchos nombres que engrosan las letanías de nuestro santoral.

Desde el Pacífico en la costa Chocoana, se levanta un faro, cuya luz no se apaga: Es la vida y el martirio de nuestro hermano, el Padre José de Jesús Ríos, perseguido, calumniado y, por fin, torturado y ahogado en el mar para vengar con saña, su profetismo en Nuquí.

Todo esto nos ha ido llevando por un camino de profetismo y santidad en el IMEY hasta llegar al martirio de Mons. Jesús Emilio Jaramillo aquel 2 de Octubre de 1989. Es el testimonio de la sangre, pacto de sangre en el IMEY, hasta la vida  misma, como convicción profunda de nuestro carisma.

Su caminada en el IMEY ha dejado huella en todos los campos. En el año sesenta, siendo ya Superior General, quiso hacer el primer envío al extranjero. El destino era el Congo. Y lanzó una convocatoria a todos los miembros del Instituto para recabar voluntarios que quisiesen alistarse a este envío. Fueron muchos. Pero el proyecto fracasó por la guerra civil en ese país.

Más tarde, en décadas sucesivas que parecían siglos, fuimos saliendo al extranjero: Década del setenta a América Latina. Década del ochenta a África. Década del noventa al Asia. Poco a poco el Santo Fundador nos iba abriendo al mundo universo como fruto maduro de sus sueños. La llama la había prendido Mons. Jesús Emilio Jaramillo.

Ni la vida, ni el martirio, ni la santidad se improvisan. Todo obedece a un lento cultivo de la interioridad, esta búsqueda acuciante, martirial, personal, gratificante, de lo divino en nuestro interior. Interioridad como  Diálogo con Dios que nos habita en lo más hondo de nuestro ser. Un paseo con Dios en la “noche oscura” que nos lleva más allá de nosotros mismos. Así fue la vida del contemplativo Mons. Jesús Emilio Jaramillo.

Entiendo la vida de Mons. Jesús Emilio Jaramillo como la búsqueda a tientas del Dios de la luz desde las penumbras de la oscuridad. Él era un contemplativo a la altura de los grandes místicos, hombre que sabía remansarse en las oquedades más profundas de lo divino y permanecer allí por horas y tiempo indefinido. Dios era su hábitat, el lugar mismo de su identidad y de su encuentro consigo mismo.

“La perfección de toda filosofía consiste en que las palabras y la vida estén de acuerdo”, es slogan de los Padres del desierto. Y es principio de coherencia en una vida íntegra. Con una inteligencia, por lo demás brillante, vida austera y simple, palabra pronunciada como eco de la teología más refinada y seria, la caminada espiritual de Mons. Jesús Emilio Jaramillo forma una y sola unidad, la de su personalidad, que a su vez, es comunional, solidaria y fraterna.

Su teología tiene las raíces más hondas en la Escolástica. Pero no se queda ahí. Aprende de Santo Tomás a unir espiritualidad, patrística, biblia, teología y filosofía y, algo que es novedad en Mons. Jesús Emilio Jaramillo, los signos de los tiempos como vertiente nueva del Vaticano II. Vive el Kairos, la novedad del Espíritu.

Su tesis doctoral en la Javeriana de Bogotá, “La libertad en Jesucristo” es la expresión genuina de la Verdad que lo hace libre, una libertad que bebió en la fuente primera: “Para ser libres, nos liberó Jesucristo” (Gal 5, 1).

Verdad y libertad forjaron su pasión cristocéntrica como la razón de su vida. Quizás la aprendió de su maestro, el Sr. Muñoz Duque o fue el éxtasis remansado de su inquietante búsqueda del misterio del Dios Trino, lección aprendida del Santo Fundador.

Ministro de la inquietud teologal hacía de la Palabra su vida y la trasmitía a borbotones como cadencias de una cantera que se derramaba en sí misma exquisita y grandilocuente. Fue el hombre de la Palabra asimilada, acrisolada en su propia vida y luego compartida con sabiduría y testimonio. ¡No sólo Mártir, sino Doctor!

Apasionado de María fue caminando con Ella en el descubrimiento de los misterios de la encarnación, vida, pasión y muerte del Señor Jesús. De Ella aprendió el secreto de la Cruz. Esto le llevó a afrontar como lo hiciera Jesús, con toda responsabilidad y con todas sus consecuencias, el sufrimiento humano. Es el principio de su martirio,  secuencia procesal de una vida hecha para encarnar el dolor de humanidad.

“Creo en testigos que se dejan matar”, decía el filósofo Ernest Renán. Es la historia de la Iglesia. Alejandro Labaca en el oriente ecuatoriano; Oscar Arnulfo Romero en San Salvador, El Salvador; Jesús Emilio Jaramillo en Arauca, Colombia. Estos tres Testigos son un solo haz de vida en santidad martirial para nuestra América Latina.

La sangre llama, la sangre convoca, la sangre germina. La sangre es donación en libertad. Lo dijo Jesús: “Nadie me quita la vida. La doy libremente”. Mons. Jesús Emilio Jaramillo se había preparado para esta entrega. Lo había intuido serenamente. La muerte de uno de sus sacerdotes a manos de la guerrilla, había prendido las alarmas. Su corazón se lo decía.

Y esa sangre esparcida en la sabana le pertenece al pueblo de su jurisdicción de Arauca y nos pertenece al IMEY. Es sangre de nuestra sangre. Con Ella hemos sellada las jambas de nuestras almas. Ella nos habla del “Paso” del Señor. Es Pascua IMEY que define el destino de nuestra historia. De allá venimos como proyecto de santidad. Hacia allá vamos.

Con la Beatificación de Mons. Jesús Emilio Jaramillo nuestro IMEY da un paso de crecimiento y adultez que nos compromete a todos a seguir las huellas sangrantes del Crucificado en el Gólgota y remozadas ahora con la sangre de nuestro mártir en Arauca. Es llamado, estímulo, convocatoria a vivir en santidad, en alegría pascual.

Es nuestra Pascua que canta el Aleluya triunfal de un visionario atormentado por la gloria de Dios, el Santo Fundador y la de un vidente, Jesús Emilio Jaramillo, que repiten desde la eternidad, la esencia de nuestro carisma a perpetuar  el testimonio de santidad en todos los pueblos y culturas… Gracias Señor, por este regalo de nuestro profeta y mártir, Jesús Emilio Jaramillo.

Jesús Emilio Osorno G. mxy
Misionero en Bolivia

3 pensamientos sobre “Pregón de los Misioneros de Yarumal en la beatificación de Mons. Jaramillo

  1. J Ancizar Villa

    Una única vez lo tuve frente a frente. Murió el fundador y yo presente con mi buzo cuello tortuga que ahogaba mi garganta, como parte del coro misionero, sin comprensión alguna de quien se iba y tampoco de quien le dedicaba su homilía última, a la cual tituló «el loco del Ave María» en un templo grandioso, a la espalda de la advocación que le dio su nombre: la Basílica de la Misericordia. De monseñor Builes recibí la confirmación y cuando apenas aparecía como evidente, el milagro que me salvó la vida, es decir, la posibilidad de formarme en su seminario del Contento, justo en el momento de su despedida terrenal, llegó esa voz de un mensajero con la pluma sublime, para retratar toda una majestuosa obra en un humilde pieza con doliente cadencia, mientras un enorme silencio servía de caja de resonancia para esa tristeza pronunciada. Creo que allí, lo he creído siempre, nací como periodista. Hoy la voz del mensajero, como esa única vez que lo tuve al frente, resuena en mis oídos y su sonrisa casi tierna se prepara para iluminar los altares. Esa es la Iglesia que me gusta, ese es el Imey que adoro

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